(Publicado ayer en mi columna del Correo del Orinoco)
Desde la Izquierda
NUEVE HORAS CON FIDEL
El viernes pasado, 10 de febrero, sesenta y nueve intelectuales de 21 países presentes en la Feria del Libro de la Habana, así como un grupo de 48 escritores cubanos, se reunieron con Fidel en una sala del Centro de Convenciones.
Fue una oportunidad y, al mismo tiempo, un privilegio. Así lo sentimos Cármen Bohórquez y yo, que formábamos parte de la delegación venezolana y participamos en esa reunión.
El encuentro duró alrededor de nueve horas.
Es el Fidel de siempre, les dijo después Ignacio Ramonet a los medios de comunicación. Creo que esa frase resume la sensación que todos sentimos. En efecto, quienes allí estábamos, percibimos a un Fidel extremadamente lúcido, pendiente de los problemas del mundo, manejando información al dia y con los argumentos afilados en la batalla de las ideas en la que está desde hace tiempo sumergido. Era el Fidel acucioso, dotado con la misma infinita curiosidad de toda la vida en el desciframiento de la realidad.
Un Fidel muy atento a las opiniones y análisis de quienes tomaron la palabra en el encuentro y con quienes sostuvo un diálogo enriquecedor a lo largo de toda una tarde que pasó rapídisima.
En un determinado momento hizo una referencia elogiosa a Venezuela y al Comandante Chávez, con palabras que nos llegaron al corazón. Ojalá que al menos esa parte pueda ser retransmitida por nuestros canales de televisión. Explorando en sus recuerdos, describió su primera llegada a Venezuela en 1948, donde subió a Caracas por la carretera vieja de La Guaira. Luego nos habló de su segunda venida en 1959, recién triunfante la Revolución.
En verdad habló de muchos temas en esa intensa jornada.
Pero creo que su principal mensaje fue un llamado a intensificar el esfuerzo por informar a los todos pueblos sobre los escenarios de riesgo que el mundo confronta. Según me pareció deducir de sus palabras, la situación es a tal punto absurda y desquiciada, que a cualquiera de los topoderosos actores se le puede ir de las manos. No se sabe qué pudiera pasar entonces. Urge, pues, que la gran humanidad una vez más vuelva a decir ¡basta!.
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