domingo, 5 de febrero de 2012

4F: apunte de una historia colateral / 5.02.12

(Publicado ayer en mi página de Todosadentro)


4F: APUNTE DE UNA HISTORIA COLATERAL


En mi personal comprensión, apoyada en el imaginario entusiasta que siempre ha caracterizado mi ánimo, la idea de un inevitable 4 de febrero comenzó a formarse muchos años antes de 1992.

Tal idea la fui haciendo propia. Me acostumbré a ella. De modo que cuando la insurgencia estalló ese famoso día, en realidad fue un acontecimiento esperado largo tiempo, que nos emocionó ciertamente, pero que no pudo sorprendernos.

Sucedió así.

Coloquémonos en la década del setenta. En esa época la Causa R había venido desarrollando su labor revolucionaria en el seno de los trabajadores de Guayana (con Matancero), en las barriadas populares del Oeste de Caracas (con Procatia) y en el campo estudiantil universitario (con Prag y Bafle).

Nos manejábamos en tres contextos relacionados entre si, en un esquema que cualquier observador malicioso hubiera podido interpretar sin duda como un plan insurreccional a largo plazo. Pero Alfredo Maneiro, dibujando otro espacio posible, nos hablaba además de que había llegado la hora de comenzar un trabajo a fondo en la cultura, para recuperar a aquella parte de la intelectualidad que no se había rendido ante la derrota de los sesenta y que estaba por ahí, en alguna parte, desorientada y dispersa.

De ese llamado habría de salir más adelante el proyecto de la Casa del Agua Mansa.

Recuerdo que una reunión de cuadros políticos de La Causa, que se llevó a cabo en la Facultad de Arquitectura, se me ocurrió ilustrar la situación con la imagen de una mesa. Tenemos ya tres patas, la obrera, la popular y la estudiantil, dije en ese momento. Alfredo está proponiendo una cuarta, la intelectual. Pongámonos a ello.

Creo que en un descanso de la reunión, si mal no recuerdo, o varios días después, lo cierto es que Alfredo se me acercó y me dijo: hay otra pata, una quinta, Farruco, nunca te olvides, la militar. La mesa de la Causa debe tener cinco patas. Pero esta última es invisible e innombrable, aunque quiero que sepas que está ahí. Piensa que ninguna vanguardia revolucionaria puede alcanzar y mantener el poder político en un país de América Latina sin que el componente militar esté presente en su seno.

Supe entonces que ya se habían iniciado los contactos con algún pequeño grupo de oficiales de las Fuerzas Armadas.

A esos contactos ya se ha referido varias veces el propio Chávez, cuando habla de sus reuniones con Alfredo Maneiro y otros compañeros.

Desde entonces, supe con seguridad que el ciclo se había cerrado, que la estructura estaba armada para la insurrección en sus aspectos esenciales, y que algún día ésta iba a estallar.

Lo que no sabía, ni podía imaginarme en aquel momento, es que Alfredo Maneiro moriría de un infarto el 24 de octubre de 1982. Ello para La Causa significó un golpe tremendo. Sin embargo, a pesar de algunas crisis internas y divisiones, el espíritu insurgente de Alfredo se mantuvo y, de alguna manera impensada, la historia habría de seguir su curso.

A lo largo de los años los contactos se mantuvieron.

Un grupo pequeño de compañeros manejaba esas relaciones. Y la verdad es que fueron llevadas con enorme habilidad y discreción.

En mi caso particular, como miembro de la dirección, sabía que algo había. Pero no mucho más.

Solamente a partir del impacto del 27 de febrero y del triunfo en la Gobernación de Bolívar, la presencia oculta de aquella relación comenzó a trascender un poco en el seno de La Causa.

Y ya más tarde, en algún momento, pasó a ser ya un tema moderadamente discutido en ciertas reuniones de la Dirección.

Es entonces cuando en algunos dirigentes, como consecuencia de los éxitos del camino electoral emprendido, comienzan a surgir dudas sobre la pertinencia del plan insurreccional que con que tanto esmero se había cultivado. Aparecen entonces, aunque no llegan a expresarse con claridad, las contradicciones internas. Pero esa es otra historia.

El hecho es que mientras tanto, y a pesar de todo, los tiempos de la insurgencia van llegando.

Aquel grupo de oficiales, como ya es conocido por todos, habiendo crecido organizativa e ideológicamente, se siente preparado para asumir directamente el protagonismo de los cambios.

Hoy parece claro que ya la Causa R no podía ser la portadora del plan. Debilitada su voluntad, había ido renunciando en su conjunto a la idea insurreccional de Alfredo. Le daba vueltas, es verdad, porque los contactos con el sector militar seguían igualmente activos, pero ya las rupturas en la voluntad de muchos dirigentes empezaban a hacerse evidentes.

La crisis llegó un día, creo que de noviembre de 1991, en el cual afloraron claramente las diferencias.

Ese día toda la Dirección de La Causa se reunió en mi casa de Las Acacias, la misma donde vivo desde hace ya unos treinta y cinco años. Fue una reunión cuyo único tema era darle respuesta al apoyo solicitado por los jóvenes militares para la acción que se avecinaba. La Causa tenía que decidir de una vez por todas de qué manera iba a participar en la misma.

La reunión fue tensa y dura. Y, para sorpresa mía, debo decirlo, se convirtió en una confrontación dilemática entre el sí y el no.

Algunos dirigentes importantes, con especial influencia en el colectivo, sostuvieron que las condiciones no estaban dadas para nuestra participación puesto que el grupo militar había sido infiltrado por factores izquierdistas no confiables, y manejaron varios argumentos de ese tipo.

Pero otros compañeros no concebían que se pudiera abandonar así, de golpe, una idea que se había trabajado desde hacía tanto tiempo.

Fue difícil y álgida la reunión, como dije. Y al final, de una manera un tanto confusa, pareció prevalecer la decisión de no participar.

No fue sin embargo una decisión de carácter contundente. Si la memoria no me engaña, creo recordar que la reunión culminó con un cierto grado de ambigüedad e indefinición en cuanto a la respuesta. Pudiéramos decir que fue un “no” con matices.

En todo caso lo que si quedó claro es que La Causa R no se iba a volcar toda ella a la insurgencia.

De allí salió pues, así lo pienso, una Causa R sumamente fracturada que (a pesar del triunfo posterior en la Alcaldía de Caracas) ya no volvería a ser lo que era.

Por mi parte, como poeta prestado a la política e incapaz de una lectura no pasional del tema, debo decir que mi corazón mantuvo sus lazos con la idea de la insurgencia. Sabía con seguridad que algunos compañeros continuaban los contactos y se prestaban a participar.

Transcurrió diciembre y enero.

Vi venir los hechos.

Estábamos muy atentos esos dias del comienzo de febrero.

Lo demás ya se sabe.

Hugo Chávez y sus camaradas, que arriesgaron su propia vida en aquel acto, tienen el inmenso mérito de haber dado ese paso esencial.

Considero que sin el 4 de febrero la revolución bolivariana no hubiera tomado el poder posteriormente. Pues la historia es un entretejido de circunstancias y todo está relacionado.

(Este texto fue escrito para un libro sobre el 4F que está siendo editado, bajo la coordinación de Miguel Márquez, por el Ministerio del Poder Popular para la Cultura)