

(Publicado hoy en el semanario Todosadentro)
Para los ricos las casas con jardín, en el modelo gringo de los suburbios.
(Vista área de La Florida)
Para los pobres las quebradas.
(Imágen del barrio El Terraplén)
La Poesía de la Ciudad
EL GRAN ERROR
El disparate del poblamiento caraqueño tiene un orígen ideológico y de clase
Hoy quiero referirme a lo que considero la piedra angular de todos los males del urbanismo caraqueño. Tiene que ver con la mentalidad pitiyanki de los ricos que a finales del siglo XIX y a lo largo del siglo veinte eligieron para sí un tipo de hábitat urbano copiado del Norte y terriblemente equivocado en las condiciones geográficas del valle de Caracas.
Me refiero a que decidieron trasladar aquí, directa e irreflexivamente, para sus urbanizaciones, el modelo suburbial norteamericano.
Con la expansión de ese modelo, el de la casa con jardines y desarrollo extensivo de muy baja densidad, los ricos de entonces y luego una determinada clase media, fueron capturando para sí las principales áreas con buenas condiciones para el desarrollo de la ciudad y construcción de vivienda, las cuales hubieran podido ser mejor aprovechadas urbanísticamente.
Así el Paraíso, San Bernardino, La Florida, Sabana Grande, Las Acacias, Los Rosales, Santa Mónica, El Pedregal, El Country Club desde luego, La Castellana, Altamira, Palos Grandes, La Floresta, Las Mercedes, Valle Arriba, Santa Marta, Los Chorros, Chuao, El Cafetal arriba, Prados del Este, El Marqués, y pare usted de contar…
Pero ese modelo suburbial aplicado en Caracas es un terrible error por muchas razones, de las cuales anoto dos.
En primer lugar porque esta capital de un país petrolero de economía rentista, estaba constituyéndose al mismo tiempo como un polo de atracción para inmigraciones masivas provenientes, no solo de la propia Venezuela campesina, sino de otras muchas partes del mundo, en especial de Europa y América Latina. Y ello iba a generar una demanda de suelos que el desenfocado y egoísta modelo suburbial había ido ocupando y no estaban disponibles. De allí que especialmente los pobres, que llegaban a la búsqueda de la quimera urbana, tuvieran que ir poblando quebradas, cerros, zonas de riesgo, y algunas partes de la ciudad (Catia, el Cementerio y Prado de María, por ejemplo) que, por determinadas razones, iban adquiriendo una connotación popular que hacía que a los ricos no les interesara como hábitat.
Así, cuando el crecimiento poblacional demandaba una respuesta más lógica en cuanto a densidad, no encontraba las áreas adecuadas, salvo en las zonas céntricas históricas (Como Santa Teresa o Candelaria) que los ricos habían abandonado para no entremezclarse con el pueblo. Y no encontraba esas áreas porque el esquema de las casas con jardín había secuestrado la mayor parte de los suelos.
Pero por otra parte ese modelo suburbial, constituido por urbanizaciones de baja densidad que se van añadiendo una a la otra, no suele contemplar una visión articulada y generosa de ciudad, con grandes calles y avenidas estructurantes, tejido vial suficiente para el tráfico generado, plazas y espacios públicos, equipamientos y servicios planificados. Ese modelo no funciona así. Se va desarrollando por yuxtaposición. Y basta ver sus efectos. Pues a partir de él nuestra querida ciudad no deja de ser una colcha de retazos mal hilvanados con servicios deficientes.
Cuando a partir de los sesenta, la gran demanda del suelo por parte de los sectores medios “nacientes” se hace más fuerte y es visualizada como un mayor mercado para el negocio inmobiliario, se procede a cambiar ordenanzas para permitir controladamente en determinadas zonas la transformación del esquema suburbial.
Pero ya era tarde. Y ello lo único que logra es incrementar el desorden y desequilibrio, para generar la sensación de caos estructural que ahora padecemos.
Es entonces cuando las quintas se mezclan con los edificios, como en los Palos Grandes, y la insuficiencia de servicios y la carencia de vialidades aptas y de espacios públicos se van haciendo cada día más evidentes. Pero el negocio inmobiliario marcha, especulando con el precio de la tierra y convirtiéndola en una mercancía valiosa, en medio del caos.
Mientras que al pueblo, y en especial al pueblo más pobre, se le van empeorando cada día más sus condiciones urbanas
Lo que quiero decir con todo esto es que la Caracas que heredamos es el producto de una visión no sólo egoísta y clasista de las oligarquías políticas y económicas, sino también apátridamente gringa.
Les toca ahora al Gobierno Revolucionario y al Poder Popular, con el instrumento de la Gran Misión Vivienda Venezuela, deshacer tanto entuerto.
No es fácil, pero lo lograremos.
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