Desde la Izquierda
PARTIDOS DE CUADROS
Algunos de nosotros militamos durante años en partidos que orgullosamente se decían “de cuadros”.
En mi caso fue así, desde 1973 hasta la fecha de creación del PSUV, donde muchos aceptamos el llamado de Chávez a integrar un nuevo partido de la Revolución.
Otros se negaron a la convocatoria y prefirieron mantenerse en aquellas estructuras cuyo tiempo estaba caducando.
En su momento pensé, ingenuamente, que su negativa a integrar el PSUV pudiera manejarse desde una cierta argumentación de izquierda.
Pero no fue así: terminaron en la barranca. Y por ahí se fueron.
Me sorprende ahora ver adonde han llegado esas organizaciones que se sentían como una lúcida vanguardia. O mejor dicho, me sorprende ver adonde han llegado quienes usurparon y dilapidaron aquellos nombres, aquellas siglas y colores, que alguna vez fueron emblema de lucha y dignidad.
Alfredo Maneiro nos decía que una condición esencial para que una vanguardia pueda considerarse como tal, es que los demás la reconozcan, justamente, como vanguardia.
Pero, a estos partidos que derivaron sin vergüenza hacia la derecha, ¿quiénes los van a reconocer como referencia de algo?
Hoy aquellas vanguardias, ni siquiera son retaguardias.
Son la ridícula y patética traición a unos orígenes. A unos principios. A unos procederes. A unos nombres propios. A una trayectoria. A una vocación revolucionaria.
Algo peor que nada.
¿Cómo fue eso posible?
La verdad es que yo carezco de la capacidad de comprender tan extraños fenómenos.
Creo que una de las virtudes más necesarias en la vida de un revolucionario es la consecuencia.
Si al menos se hubieran cansado y alejado de la lucha. ¡Pero no! Se fueron a la derecha más extrema.
Hay que preguntarse hoy: ¿Quiénes eran estos personajes que ahora trazan las políticas de estas tristes organizaciones? ¿Cómo estaban allí? ¿Cómo alcanzaron a ser militantes de un partido de cuadros?
Que alguien más sabio intente una respuesta. Yo no la tengo.
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