lunes, 12 de septiembre de 2011

LA CIUDAD COMO ÁMBITO PRODUCTIVO / 12.09.11



(Publicado el pasado sábado en Todosadentro)



La Poesía de la Ciudad



LA CIUDAD COMO ÁMBITO PRODUCTIVO


Dijimos en la página de la semana pasada que la ciudad, en términos generales, es el espacio de la política.

Pero hay que decir también que cada ciudad es un proyecto específico, geográficamente ubicado e históricamente continuado, para la vida en común.

Sea Sabaneta de Barinas o Barrancas del Orinoco.

El Baúl o Caracas.

El caso es que siendo cada ciudad un proyecto para la vida en común, necesita de una base productiva que le permita sustentarse.

Se supone que desde un punto de vista de lógica universal, en todo tiempo, lugar y cultura, cada uno de los centros poblados existentes (salvo aquellos provisionales que responden a una coyuntura accidental) debe ser auto sostenible económicamente. En caso contrario no es viable como proyecto de vida, y su destino es menguar o incluso a veces desaparecer.

No es posible y no es concebible un asentamiento humano que sea improductivo. Estaría condenado a depender de fuerzas externas. Su condición sería de minusvalía. Y su existencia sería tan frágil como negativo su grado de dependencia.

Y ello no tiene sentido como proyecto humano.

De modo que cada centro poblado, independientemente de su tamaño, (y en Venezuela hay más de 22.500) tiene que tener una base productiva que garantice la vida sin pobreza de sus habitantes.

Puede ser un pequeño caserío o una Capital de Estado. Da igual. La necesidad imperiosa de tener una economía propia es la misma. Puede ser un poblado indígena o una ciudad mediana de los Andes. La pregunta también es la misma: ¿Cuál es su base de sustentación?

Hay otra manera de expresarlo: y es que cada uno de nuestros asentamientos humanos, en función de una responsabilidad ético social, debería poder producir la riqueza suficiente para el sustento de sus ciudadanos y eso equivaldría a contribuir con una alícuota determinada al PIB de Venezuela. No sé si esto se puede calcular. Lo que si es cierto es que de esa manera su integración en el sistema de ciudades de nuestro país se haría en condiciones de dignidad plena y no de subordinación económica.

Por supuesto que todos dependemos unos de otros, pero esa interdependencia y necesario intercambio deben producirse en condiciones de equivalencia política, social, cultural y, por supuesto, económica.

Digamos, sin embargo, que esta será la situación ideal (todavía distante) adonde nos habrá de conducir la búsqueda común de un mayor equilibrio territorial, en el desarrollo del socialismo bolivariano. Pero eso nadie lo puede alcanzar aisladamente. Ningún grupo humano puede lograrlo a plenitud. Es una tarea común, de patria, para llevarla a cabo entre todos.

Son estas razones las que nos ha llevado desde hace muchos años a oponernos radicalmente a la construcción de “urbanismos” de pura vivienda situados en las periferias de las ciudades, cuando no en medio de la desolación del paisaje. A desaprobar la creación de zonas residenciales, de edificios o de casitas, que nacen siempre en un estado de dependencia con respecto a un núcleo urbano mayor que se supone capaz de brindarles el soporte económico. Pues no funciona así. La experiencia nos ha dicho que en el caso de los urbanismos populares exclusivamente residenciales, ese modelo ha fracasado una y otra vez.

De modo que se hace imprescindible que en estas ciudades que están naciendo (y Ciudad Caribia o Ciudad Belén son algunas de ellas) ya desde la génesis misma de su concepción como proyecto de vida en común se integre una hipótesis (al menos una hipótesis) de vocación productiva, para planificar y ejecutar en consecuencia.

No se trata de improvisar una búsqueda desesperada de empleos. Se trata de darle una dirección económica a la ciudad.

En los días pasados, el Presidente Chávez con sus críticas oportunas y su visión completa de los retos y aspiraciones de la Revolución, nos ha puesto a pensar en estas