
(Publicado el jueves pasado en Todosadentro)
Desde la Izquierda
CON GUSTAVO PEREIRA
Es terca la poesía. En verdad. Ella persiste en continuar siendo, en seguir existiendo, a pesar de que las razones del mundo nos cuentan de su inutilidad.
La propia vida tiende a desconocerla pero ella, porfiadamente, se reproduce y anida en los rincones más alejados, en las orillitas de la realidad, aunque sea respirando, sobreviviendo, a contramano.
Animal en extinción, no termina de desaparecer. Tal vez nunca lo haga. ¡Quien sabe!
Porque bien mirado, en un mundo donde todo es mercancía, ¿cómo sostener y justificar una actividad por la que nadie pagaría un denario, un maravedí, un rublo, una libra, un franco, una peseta, un peso, un yuan, un bolívar?
Solo la obstinación de algunos poetas y unos cuantos lectores, mantiene la llamita encendida.
Si quieren verlo con un ejemplo concreto, basta comparar la resonancia mediática de dos premios gemelos y en todo similares: el Rómulo Gallegos, de novela, y el Víctor Valera Mora, de poesía. Ah! Pero hay entre ellos una diferencia. ¡Y qué diferencia! Tras el primero se mueven los intereses del mundo editorial, incluso en un nivel internacional. Al fin y al cabo, la novela si paga, como el crimen, pues la podemos negociar, es decir, convertir en negocio, traficar con sus derechos, hacer de ella un asunto de rentabilidades. Por lo cual va a adquirir una resonancia mayor en los medios. Los intereses se entretejen con la información e influyen en la noticia.
El segundo, el de poesía, pasa bastante por debajo de la puerta. ¿No es cierto?
¿Y saben por qué? Por lo dicho: ¿Quién va a pagar por un poema, quien va a venderlo, quien va a comprarlo? Es decir: ¿Para qué sirve?
¡Ah, la poesía! ¡Ah, Gustavo Pereira! Mi querido poeta: hacedor de inútiles versos, ¡que buena vaina te han echado! Te dieron un premio que nos emociona, que nos hace felices, que nos justifica en nuestra labor de conjurados de la palabra, que hacemos nuestro cada uno de tus amigos como si fuéramos tú mismo, como si recibiéramos contigo ese galardón al amor desinteresado.
Contigo saboreamos hoy el merecido sabor de la persistencia en una milenaria manía de enhebrar palabras que queman, o que alivian, pero que de nada valen a la hora de los inventarios.
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