viernes, 8 de julio de 2011

LA MALDAD DE LAS BUENAS GENTES / 08.07.11

LA MALDAD DE LAS BUENAS GENTES


La vida nos enseñó que las cosas no son tan claras como nos las enseñaron en la niñez.

Hay muchas sombras y penumbras en medio del paisaje.

El tema de la bondad, por ejemplo, junto al de su contraparte la maldad, es confuso y ambiguo.

Pues el alma de los hombres es jodidamente complicada.

En mi rebeldía profunda contra el mundo heredado, desde hace años he venido intentando despejar en mi entendimiento esas sombras que lo enturbian y desatar los nudos espirituales que lo amarran.

Pero no es fácil.

En esa disposición de ánimo, uno de los temas que me ha interesado mucho es el de la maldad de las buenas gentes. Es una constante en mis reflexiones personales.

De alguna manera lo toqué tangencialmente en la novela La Clase, aunque no avancé mucho en ello. Lo anoté como un mero apunte.

¡Y es que en estos tiempos de inauditas obsesiones y odios, impensables rupturas y patológicos desencuentros y deslealtades, a los que se entregan voluntariamente tantas buenas familias, uno no puede dejar de pensar que ese es uno de los grandes temas!

Está bien que no sepan ver lo que ocurre. Hasta cierto punto eso es comprensible. Aprender a percibir el mundo con la mirada del otro, sobre todo con la mirada del débil (¿y no es eso justamente ser cristiano?) no es tan fácil. Superar la soberbia de clase, es bien arduo, lo reconozco. Pero pasar de allí, del no saber ver, al odio desbocado y a la intolerancia más absoluta, distorsionando lo real, es algo que hay que seguir intentando descifrar.

Por eso digo que esa maldad de las buenas gentes, tan relacionada con las sociedades urbanas de los países del norte, es uno de los temas más importantes del mundo contemporáneo.

Tiene que ver con la apariencia de ética, desde luego. Tiene que ver con la simulación de un nivel de ciudadanía. Tiene que ver con la representación teatral de la tolerancia. Condiciones todas ellas apuntaladas por el imperturbable cristal de hipocresía que tiñe la imagen de aquellas sociedades y de una parte de la nuestra.

Pero, en fin…

Comento estas cosas, al acabar de leer la entrevista que un arquitecto le hace a otro y que fue publicada en Talcual.

Ambos, por años, fueron amigos míos.

Hoy la vida puso al descubierto quienes eran. Descubrió ese puntico de maldad, maldad de clase, las de las buenas gentes, que está allí latiendo, inexorablemente.

Ante el tono de la entrevista, ¿Qué puedo hacer sino asombrarme?

Aunque a estas alturas pocas cosas me asombran.

Para exorcizar a los demonios, transcribo aquí una de las preguntas que uno de ellos hace irresponsablemente y que el otro acepta con especial tranquilidad

¡Cómo si no nos conociéramos! ¡Cómo si la vida no nos hubiera enseñado nada!

Dice la pregunta: Siempre me he preguntado por qué la Plaza Bicentenario ha sido mal tratada, mal entendida, mal utilizada. Por parte del gremio fue acogida con silencio. Y hoy, un colaborador en su diseño, alto funcionario, teniendo los bolsillos llenos de dinero, mantiene el abandono. ¿Por qué ocurre eso? La segunda, compartiste buena parte de tu vida profesional con ese colaborador, Farruco Sesto. Fue tu alumno, luego empleado y al final tu socio y amigo cercano. ¿Nunca pensaste que encubría otra personalidad?

¿Qué puedo decir yo al leer semejante cosa? No se me ocurre nada sino llamarlos miserables.