(Publicado hoy en El Correo del Orinoco)
Ese sentimiento de humanidad que de alguna manera todos tenemos, llegué a desarrollarlo muy intensamente.
Pero lo hice, no me cabe duda, desde el universo estrellado de la abstracción.
Es fácil saberse bueno, saberse noble, a partir de una mirada generosa lanzada por encima de todas las contradicciones.
Luego comencé a sentir el peso de la hipocresía y de la opresión aquí y allá. El absurdo del mundo. Conocí el doble discurso de los poderosos.
Y supe que no éramos todos iguales, sino que unos se creían superiores a otros.
Las personas, las naciones, las clases sociales. Incluso los continentes.
Y vi que los que más tenían, más dañinos eran.
Conocí entonces el asco visceral, desde los entresijos del alma.
Recordé el extraordinario poema de Rubén Darío, los motivos del Lobo.
“hermanos a hermanos hacían la guerra,
perdían los débiles, ganaban los malos...”
Vi a las naciones ricas desatando guerras por todas partes y a la vieja y resabiada Europa renovando impíamente sus apetencias coloniales. Y al Imperio gringo, asolando a los pueblos con el terrorismo de sus crueles máquinas de matar.
Entonces no pude más y me quité de encima la noción abstracta de humanidad como quien se quita un traje incómodo.
Y volví la vista a mi alrededor y me dejé guiar por mis instintos, que son y serán siempre amorosos. Y entre las opciones que encontré, decidí reafirmar con fuerza mi condición bolivariana. Sentí el gran orgullo de ser venezolano en esta hora. Y luego vi hacia Cuba, y decidí hacerme cubano una vez más.
Después oí las canciones de Mariem Hassan , que me traspasaron el corazón, y supe que me estaba convirtiendo en saharaui.
Hoy, que veo los inmorales y espantosos bombardeos sobre Trípoli, me declaro solidariamente ciudadano libio.
Porque quiero así, de esa manera, poco a poco, desde las estructuras de lo concreto, ver si recupero y hago mía de nuevo la idea de Humanidad.
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