
Crhisthian Valles me facilita el texto de esta conferencia que me tocó dar en San Carlos de Cojedes, con motivo de la sesión inaugural del VIII Simposio Internacional de la Historia de los Llanos Colombo Venezolanos, en 2001, realizado en conjunto con el VII Congreso Nacional del Llano y los Llaneros.
Lo releo ocho años después y me parece que está bien. Es por eso que decido reproducirlo en mi blog. Tiene el interés adicional de contener la génesis de la idea que después dio origen al I Censo del Patrimonio Cultural de Venezuela, traducido en los Catálogos que se han venido publicando por Municipio, En efecto, en esa oportunidad yo digo:
“Esa memoria que, más que ninguna otra cosa, no sólo es el mayor reservorio del patrimonio, sino que es un patrimonio en sí misma. Esa memoria que habría que recoger con pasión y rigor, que habría que trabajar y verter en las posibilidades de sistematización que ofrece la tecnología actual, con paciencia y constancia. Si me lo preguntan, y yo estuviera en los lugares donde se toman decisiones y se destinan presupuestos con respecto a la cultura, pasaría a la gente del llano, a toda ella, (y esto es una metáfora, por supuesto), por una especie de cedazo investigativo, como quien busca oro lavando las arenas del río. Son muchos los tesoros que todavía recogeríamos, estoy seguro de ello, cuestiones inéditas en algunos casos y, en otros, una mayor precisión sobre muchos aspectos de la realidad compleja que constituye esa memoria colectiva”.
Bueno, tal fue el trabajo que realizamos después, pero ampliado a toda Venezuela, desde el Instituto del Patrimonio Cultural bajo la dirección de José Manuel Rodríguez.
En fin, que me dieron ganas de publicar aquí esta conferencia, aunque reconozco que puede resultar un poco larga para un blog.
(La foto que sirve de ilustración la tomó Felisa en el Hato El Cedral)
VIII SIMPOSIO INTERNACIONAL DE HISTORIA DE LOS LLANOS COLOMBO-VENEZOLANOS
PATRIMONIO A VUELO DE PÁJARO
(Conferencia en la sesión inaugural, 25 de septiembre de 2001)
Farruco Sesto
Quitemos al hombre del paisaje. Sin compasión, implacablemente. Hagamos ese ejercicio con el poder de la imaginación, a ver que pasa. Eliminemos del paisaje toda huella humana, todo signo social, toda construcción, todo artificio. Guardemos bajo tierra los instrumentos musicales. Y con ellos los bailes y canciones. Expulsemos los poemas, los dichos, los refranes y las historias. Guardemos en un lugar oculto, donde nadie las vea, las particulares formas de acometer la vida, las artes de enamorar, el inventario de los trabajos y oficios, las costumbres y rutinas cotidianas, la relación con la muerte. Que no quede signo alguno de la memoria humana. Borremos las arquitecturas, con sus espacios, sus claroscuros y sus nostalgias. Despojemos al paisaje del peso de su historia.
Si lo hacemos ¿Qué nos quedaría entonces? ¿Qué sería del llano sin la gente? ¿Qué se harían, qué presencia lograrían, aquellas grandes extensiones despojadas de sus habitantes, desvalidas de lo que ellos le aportan al paisaje, de lo que le ponen y le restan? ¿De cuál belleza estaríamos hablando? ¿De cuáles extensiones, de cuáles soledades, de cuáles deslumbramientos? Sin corazones humanos, sin inteligencias colectivas que los hayan cultivado de una manera especial para su propia comprensión y disfrute durante siglos, ¿de qué cualidades estaríamos hablando? ¿De cuáles rasgos de la naturaleza?
Amigos, no habría paisaje. El paisaje sin la gente no existiría. No sería aprensible en el mismo sentido en que ahora lo tomamos. Le faltaría el alma, que no es otra cosa que una construcción colectiva. Le faltaría la razón sensible, el motivo profundo. No habría paisaje.
Pero, por no dejar, probemos ahora a hacer el ejercicio a la inversa. Dejemos a la gente, situada, pero quitémosle el paisaje a ver que pasa. Dejemos a los llaneros actuando o intentando actuar. Dejémosles en sus movimientos y motivaciones. Pero eliminémosles el grandioso escenario que los cobija. Sustraigámosles los ríos y sabanas, los cielos con su limpidez o con sus nubes, y el agua, agua que cae profusamente en grandes cortinas interminables, y agua desinhibida y suelta que se extiende por la tierra a su antojo. Quitémosle las palmas y los matorrales, los animales en sus andanzas diurnas y nocturnas, y, especialmente, los insectos y los pájaros en sus diversidades. Despojemos a la gente de los sonidos del llano, de sus perfumes y sus colores, los verdes en sus infinitos matices, los profundos azules, los grises, los amarillos tostados, los sepias que el verano reparte con generosidad. Eliminemos a la estrellas de la mañana en su sencillez.
Deshagámonos del círculo perfecto de la luna y la luz con que ella ilustra la oscuridad. Y, sobre todo, si de despojar se trata, quitemos aquello que le es más querido y qué mas lo define, lo que tiene que ver con la amplitud de la mirada casi sin límites, con la sensación de libertad producida por la inmensidad de la bóveda celeste, limitada nada más que el contundente trazado de la línea del horizonte.
Así, despojado de todo esto ¿De qué habitantes del llano estaríamos hablando? O por decirlo de otra manera, ¿Quiénes serían ustedes desnudos de la más importante de sus pertenencias, es decir del paisaje? No habría llaneros. Para un observador consciente ustedes sin el paisaje no existirían. No serían nada de lo que son.
De modo que, es allí donde podemos centrar el peso de cualquier reflexión o aproximación al tema del patrimonio en los llanos. Es allí, en la confluencia del hombre y el paisaje, o incluso, más allá de la confluencia, en la integración absoluta de esas dos grandes vertientes en una única realidad. La naturaleza pone la superficie, la hoja extendida donde se escribe la historia. La gente pone la caligrafía, o mejor dicho, es la caligrafía misma con que esa historia se narra o se dibuja. Historia que cambia en el tiempo, como toda historia, en la que unos hechos suceden a otros hechos en forma concatenada, pero que de algún misterioso modo es siempre la misma, o parece ser la misma, dando la impresión de estar atrapada en las redes de un eterno retorno. Se van tejiendo existencias sobre existencias, se van construyendo esperanzas sobre esperanzas, se van haciendo cicatrices sobre cicatrices, se van generando fuerzas y capacidades que se aprovechan de fuerzas y capacidades existentes. Así, la historia de los llanos es como un río que siendo siempre el mismo, es a su vez siempre distinto.
Y esa historia va dejando su huella. Y esa huella es el patrimonio. Un patrimonio que pertenece a la gente del llano y que, por eso mismo, es también de toda la humanidad. Pues si el patrimonio se debilita o se pierde no solo los llanos son los que se empobrecen. Todos no empobrecemos. Es el mundo que se va disolviendo en un solo caldo uniforme, cada vez con menos pormenores, cada vez con menos matices.
Esto es importante decirlo en épocas donde la diversidad se ve amenazada. Cuando los dioses de la globalización nos traen sus infiernos y se reservan el cielo sólo para ellos. Cuando todos vamos siendo encaminados hacia el totalitarismo del mercado. Un totalitarismo cruel que va dejando al borde del camino todo aquello que no le sirve a su interés. ¿Y quien puede asegurar que el patrimonio del llano y de los llaneros va a sobrevivir? ¿Con qué clase de seguridad podemos afirmarlo? Sólo la voluntad de su gente puede protegerlo. Pero junto a la voluntad, (como los deseos solos no preñan, tal como se dice) habría que ir adelantando estrategias para su verdadera salvaguarda. Tendríamos que ir desarrollando con habilidad algunos planes que nos permitan a nosotros intercambiar con el mundo, para enriquecerlo y enriquecernos, sin que nuestras cualidades sean dejadas al margen, corriendo el riesgo de que desaparezcan para siempre.
Ahora bien ¿de qué patrimonio estamos hablando? ¿Cuál es ese conjunto de bienes materiales y espirituales que median entre el hombre y el paisaje? ¿Quién ha hecho la lista? ¿Dónde está el inventario? Yo quiero ahora, para ustedes, referirme a algunos elementos del patrimonio de los llanos que de alguna manera han dejado una pequeña marca en mi corazón de observador interesado. Son anotaciones a vuelo de pájaro. No es una síntesis rigurosa ni nada parecido. Son apuntes de paso, de algunas visualizaciones pasajeras.
En primer lugar, con relación al patrimonio, está la propia gente. La gente llanera. Y entre la gente, elijo a los ancianos como depositarios de la memoria colectiva. Esa memoria que, más que ninguna otra cosa, no sólo es el mayor reservorio del patrimonio, sino que es un patrimonio en sí misma. Esa memoria que habría que recoger con pasión y rigor, que habría que trabajar y verter en las posibilidades de sistematización que ofrece la tecnología actual, con paciencia y constancia. Si me lo preguntan, y yo estuviera en los lugares donde se toman decisiones y se destinan presupuestos con respecto a la cultura, pasaría a la gente del llano, a toda ella, (y esto es una metáfora, por supuesto), por una especie de cedazo investigativo, como quien busca oro lavando las arenas del río. Son muchos los tesoros que todavía recogeríamos, estoy seguro de ello, cuestiones inéditas en algunos casos y, en otros, una mayor precisión sobre muchos aspectos de la realidad compleja que constituye esa memoria colectiva.
Después, como un componente fundamental de esa estructura del patrimonio, ya lo hemos dicho, tenemos al paisaje natural. Conocerlo es conocernos. Defenderlo es defendernos. Si la relación de equilibrio y respeto que los llaneros han sabido mantener con el paisaje, es transmitida al resto de la sociedad y el Estado, y comprendida y aceptada, entonces no habrá peligro para encarar los retos que el desarrollo trae consigo.
Si no es así, el riesgo es grande, pues la fragilidad de estos maravillosos escenarios es, en varios sentidos, mucho más frágil de lo que algunos suponen. El paisaje, así lo veo yo, está allí como una pieza más de las que soportan el entramado cultural que los distingue a ustedes. Su afectación, por cualquier causa, afectaría a la cultura misma y a la riqueza espiritual que toda cultura significa. De alguna manera le pertenecemos.
Dentro de ese orden de ideas, otro componente del patrimonio es la relación de los llaneros con la naturaleza y, especialmente, con los animales. Casi es un lugar común la identificación con el caballo. Y basta recordar la relación con el ganado, el conocimiento diferenciado de cada animal, el trato personalizado, que llega a su cumbre más sublime en las tonadas de ordeño.
De ninguna lista patrimonial, en ninguna parte, podría excluirse, así mismo, la cultura del trabajo, la cultura de la producción que siendo propia y especial en cada caso, mucho más lo es en el llano. En aquella investigación hipotética a la que nos referíamos, se tendría que recoger también la historia de los distintos aperos y herramientas, su evolución, sus diferencias por zonas, su composición, las maneras de usarlos, las ceremonias del trabajo, las formas sociales de organización para la producción. El llano es muy rico en eso y tiene la ventaja de guardar viejas formas de las que evolucionan sutilmente, acompasadamente.
Junto a los ritos del trabajo, habría que registrar, con precisión, los ritos de la vida misma, el abanico de las formas de vivir. ¿Cómo seducen los llaneros? ¿Cómo construyen los protocolos del amor, es decir, de todos los amores, en sus categorías y a la vez en sus fases de desarrollo? ¿Cómo son sus fiestas ¿Cómo entienden el mundo los llaneros? ¿Cómo manifiestan ese entendimiento? ¿Cómo se relacionan entre ellos? ¿Cómo se afirman y se niegan? ¿Cómo construyen, a su vez, los protocolos de la muerte?
Esto tiene que ver, de alguna manera, con el carácter colectivo. ¿Existe es carácter? Y si existe, (tal vez algún antropólogo lo desmentiría), ¿no es merecedor de un puesto en los renglones del patrimonio común? Por mi parte, me gustaría saber si es verdad, tal como se dice, que los llaneros tienen esa contención en los afectos, ese dominio o reciedumbre, ese control en lo expresivo. Yo creo que sí. Así como es evidente el coraje entendido como virtud personal y social, o cierta disposición a mantenerse firmes en sus costumbres, o el apego a la estructura familiar, o la forma de comunicarse, tan peculiar.
Un amigo de Valle la Pascua me dice que los llaneros apoyan la imprecisión de la palabra en su sutileza del gesto. Ahí mismito, me dice, que dicen cuando se refieren a una distancia. Pero me dice que es en la inclinación del dedo, que señala alto cuando la distancia es respetable, y señala bajo cuando la distancia es corta, donde están las claves de la respuesta. Toda una repartición del lenguaje entre la palabra y el gesto. Así mismo, asegura que la mirada del llanero forma parte también de ese carácter. ¿Cómo es esa mirada? le pregunto. Dice: “Cuando no miramos al horizonte, al fondo mismo de los espacios, miramos al suelo: pocas veces la mirada marca la relación con el interlocutor.
¿Dónde se centra, entonces, el peso de la cultura? Evidentemente, en la oralidad. Es una cultura de lo verbal, Su literatura está construida sobre la palabra, así como ella es el soporte principal para la transmisión de las tradiciones. Y, por supuesto, de una manera muy particular, la música también tiene un concubinato extraordinario con la palabra. Es maravilloso percibir ese amoroso entendimiento entre la música del llano y la poesía. La música que está en el alma colectiva entretejida con la razón y los sentimientos como en muy pocas partes del mundo. La música, que los acompaña a ustedes desde que nacen por el resto de su vida, como una amante fiel, a la que nos se puede traicionar. La música que es alegría en el momento de las alegrías, fiesta en la fiesta, tristeza cuando llegan las desgracias, y sabiduría profunda en el momento de las reflexiones sobre el trabajo, la vida en general, el amor y la muerte ¿Podría pensarse en el llano sin la bandola, sin el arpa, sin el cuatro, sin los sonidos que ellos producen, sin la sensación que esos sonidos producen en nosotros, sin el clima tal que enseguida se crea donde parece que la música es la dueña del mundo?
Sobre la gastronomía y los recursos de la alimentación, a ustedes, ¿qué les puedo decir? Una amiga mía, barinesa de origen, me dice que la gastronomía es sencilla. Por ejemplo, me habla de las hallacas de bagre, del guiso de carapacho, del hervido de res, del galápago guisado, del pisillo de chigüire, del mundo de los granos, las lentejas, arvejas, caraotas y quinchonchos, y del mundo de los dulces, de lechosa, ñame, ocumo y coco. Yo agrego la ternera llanera. Y apunto también los gustos del presidente, según sus propias declaraciones, por un abanico de platos que va desde la pasta con sardinas hasta el chigüire con caraota y topocho.
Le digo a la amiga que yo no lo veo tan sencillo, la verdad. Buscamos en Internet y le agregamos a la lista, la mamona, cerdo asado, cachicamo, pato gúire, lapa, galápago, cola de baba, cachapas, tungo, queso de mano, picadillo, entreverado, masato, chicha y gofio. ¿Cuántos platos e ingredientes nos quedarán por fuera? En todo caso, que este jardín de delicias nos aproveche a todos.
Por último, no puedo dejar de referirme, en esta especie de enumeración de capítulos patrimoniales, a la estructura urbana, con sus centros históricos y tradicionales, y a la arquitectura, comenzando por la producida por las culturas indígenas, pasando por la construcciones coloniales, con la vivienda y los monumentos civiles y religiosos, hasta la arquitectura republicana (a veces incluso marcada con acentos muy particulares, como aquella que todavía nos habla, en San Fernando, de influencias antillanas llegadas a través de la navegación fluvial) y, desde luego la arquitectura contemporánea con sus valores actuales y su huella del presente en los casos en que ella se construye con calidad y sentido de trascendencia.
Sirva la oportunidad para hacer referencia, en este momento, a un plan que está adelantando la Gobernación de Cojedes para recuperar y revitalizar los cinco centros históricos más notables del Estado: San Carlos, Tinaco, Tinaquillo, El Pao y El Baúl. Un plan que el Instituto de Cultura mostró en una exposición muy completa durante los meses de junio y julio en La Blanquera, y que se basa en el criterio de reforzar estos centros como los cincos grandes corazones de la ciudades del Estado. Esta es una tarea urbanística y arquitectónica, ciertamente, pero es, sobre todo, una empresa que actúa sobre el patrimonio con una visión integral, donde lo tangible y lo intangible se dan la mano, donde la historia se hace actividad presente, donde los valores y bienes materiales no se conciben como piezas aisladas desvinculadas de los valores y bienes espirituales de las comunidades que los entienden y usan.
Una empresa cultural donde la gente es, en primer lugar, la gran protagonista.
A la vista de todo este panorama, creo, amigos, que hay mucho por hacer. La tarea es larga. En general, hay que reconocer que, hasta ahora, las políticas de conservación del patrimonio no han dirigido sus esfuerzos principales a la región de los llanos. Baste decir que todavía hay Estados, como es el caso de Apure, donde no se ha producido por parte de las autoridades nacionales, hasta ahora, ni una sola declaratoria de monumento nacional o de bienes de interés cultural. ¿Será acaso que los funcionarios responsables de esa declaratoria pensarán que no existen esos bienes? ¿O será, en realidad, como yo lo creo, que las autoridades han tenido puesta la mirada en otras zonas del país? Tal vez en ello, desde luego, haya influido la dificultad cierta de trabajar con el patrimonio intangible, de cuya existencia y necesidad de protección, en un sentido integral se esta tomando conciencia sobre todo en los últimos años, tanto a nivel internacional como a nivel nacional. Esperemos por ello que esta toma de conciencia sobre la conservación de los bienes intangibles ponga su acento en los llanos para lograr cambios en profundidad.
Para terminar una lista en al que comencé aludiendo a la importancia de aquella memoria colectiva que guardan las personas de mayor edad, quiero acudir ahora a la imagen de la infancia, como promesa, como garantía de una continuidad cultural y como la mayor responsabilidad que tenemos. Los niños somos nosotros mismos renacidos, en el ciclo continuo de la evolución de la cultura.
En fin, pido disculpas por la ligereza de esta breve enumeración de los capítulos del patrimonio llanero. Se trataba de dar una rápida visión de conjunto acerca de la riqueza y complejidad de una cultura que, a mi juicio, es de las más interesantes e importantes y con más arraigos en el imaginario colectivo. Ustedes lo saben mejor que yo.









