(Publicado hoy en Todosadentro)
Lo lamento por aquellos que quieren que Caracas mejore, que sea más linda, que funcione mejor, pero que no cambie. Que no cambie en lo esencial.
Lo lamento por ellos, porque Caracas debe cambiar.
No se trata de lavarle la cara y ponerle un traje nuevo.
Se trata de ir a la búsqueda de una transformación profunda, estructural, que haga de esta ciudad entrañable, una ciudad, en cierta forma, distinta. La misma, pero distinta.
La ciudad que queremos y por la cual luchamos, ha de ser en lo fundamental una ciudad de todos.
He ahí la clave.
De todos.
Claro que para lograrlo, hay que llevar a cabo (y así se está haciendo) un conjunto de acciones que van a desmontar diversos privilegios.
Porque las ventajas de algunos, están soportadas sobre las desgracias de muchos.
Entonces al actuar se van poniendo en evidencia las contradicciones de clase.
Alguien dice: la ciudad está mal, hay que arreglarla. Pero su voluntad de modificación llega hasta el punto en que ve afectados sus intereses personales.
A partir de ahí, el espíritu conservador entra en juego.
Se dice desde la conveniencia: si el cambio va a ser profundo y perturbador, es preferible que todo quede como está.
¡Ah, no!, decimos nosotros. ¡Que comiencen las transformaciones! Esta ciudad no puede tener ciudadanías VIP. Y mucho menos puede tener dueños.
Esta ciudad es de todos por derecho, debe ser de todos y será de todos. Para eso, entre otras cosas, estamos haciendo la Revolución.
¿Se llama esto lucha de clases? No sé. Se llame como se llame, el hecho es que en la Caracas que construimos no habrá un lugar de privilegio para los Amos del Valle.