domingo, 3 de octubre de 2010

UNA REFLEXIÓN SINDICAL Y UN RELATO / 3.10.10

La reflexión es la siguiente:

Los sindicatos son necesarios.
Ellos nacen como forma de organización de los trabajadores para enfrentarse a la explotación del Capital.
Su historia, desde su nacimiento en las primeras décadas del siglo XIX hasta hoy, está íntimamente ligada a las luchas del movimiento obrero.
Luchas, muchas de ellas, heroicas y trascendentales
Una pregunta es pertinente: ¿deben existir sindicatos en una Revolución socialista, cuando se supone que no tiene justificación estructural la explotación?
Creo que sí, para servir de contrapeso a los errores que pueda cometer la Administración.
No tengo ninguna duda de ello.
Vaya por delante, según esto, mi respeto profundo a la actividad sindical.
Sin embargo, la ética de los dirigentes sindicales no está garantizada de por sí.
Como en la viña del Señor, hay de todo.
En nuestro país, los años de populismo adeco y copeyano corrompieron enormemente la vida sindical. Fue un diseño especialmente perverso de Rómulo Betancourt que decidió apuntalar la hegemonía de Acción Democrática sobre el dominio y control de tres estructuras sociales importantísimas, corrompiéndolas a las tres: el Poder Judicial, las Fuerzas Armadas y el mundo sindical, representado sobre todo por la CTV. Diseño que, por cierto, le funcionó durante cuatro décadas.
De esa manera, para desgracia de los trabajadores, prevaleció en esa época una cultura sindical particularmente degenerada, llena de mañas. Algunas todavía perviven
Por eso el pueblo con su sabiduría ha sabido distinguir entre prácticas sindicalistas y prácticas sindicaleras.
Las prácticas sindicaleras privilegian las conveniencias inmediatistas por encima de los intereses de clase. Tienden a favorecer una visión sectaria que se desvincula totalmente de los problemas de la Nación y la Sociedad. Son territorio de la manipulación de grupos que se entronizan en la actividad. Y viven de inventar conflictos laborales innecesarios y con frecuencia absurdos, porque es esa conflictividad la que le da oxígeno a su manipulación constante.
Como el vampiro vive de la sangre, el sindicalerismo vive del conflicto. Y cuando no existe lo inventa.
El sindicalerismo es la antítesis del sindicalismo.
El sindicalismo es, en principio, revolucionario en cuanto atiende a los intereses de la clase en consonancia con los intereses generales de la sociedad.
El sindicalerismo es, no cabe duda, contrarrevolucionario. O, para decirlo más claramente, es adeco. Tiene esa marca en su frente y no la puede ocultar aunque se ponga una cachucha roja.

El relato es el siguiente:

En febrero, tan temprano como el primer o segundo día siguiente a mi nombramiento como Ministro de la Cultura, me reuní con dos o tres importantes dirigentes sindicales de nuestras instituciones. Me acuerdo que todavía ni siquiera me había instalado en el despacho del Ministerio, por lo que la reunión tuvo lugar en el tercer piso del edificio del IARTE.
La conversación fue franca y directa, con la intención de superar antiguas contradicciones y prejuicios. Creo que fue una buena reunión, o al menos así lo pensé en ese momento.
Quedamos en que el diálogo sincero entre las partes se iba a convertir, cuando fuera necesario, en la manera de prever con antelación cualquier conflicto.
Han pasado unos meses.
Las autoridades de la Fundación Museos Nacionales y los representantes sindicales llevaban sus asuntos pendientes ante el Ministerio del Trabajo.
De repente y sin que mediara ningún aviso o señal previa, y desde luego ningún incidente, el 7 de septiembre un grupo de unas veinticinco personas se presentó en forma violenta tratando de irrumpir en la sede del IARTE con alguna reclamación económica. Fueron agresivos con otros funcionarios, dañaron los bienes públicos con pintura y escribieron injurias muy graves contra las autoridades. Todo eso está debidamente registrado en fotos y videos. Consta en actas levantadas por la Fiscalía y hay testimonios. Entre esas personas había dirigentes sindicales y, lo que es peor, personal de seguridad.
¿Qué pasó? Las acciones que duraron varios días comenzaron menos de tres semanas antes de las elecciones del 26 de septiembre. Afectaron el tránsito y fueron eminentemente públicas. Desde luego consiguieron reseñas en los principales medios de la oposición, impresos, radiales y televisivos
Nadie puede dudar de que esas acciones tuvieran una intención política oposicionista.
Ningún trabajador bolivariano mantendría una protesta pública por varios días en plena campaña electoral.
Como ministro instruí a la Presidenta de la Fundación para que interrumpiera toda conversación que no fuera ante las autoridades que llevan los asuntos laborales. Reservé para mi persona la capacidad de ir a diálogo y todavía mantengo esa reserva.
Pero no habrá diálogo salvo en los términos en que lo decidan o aconsejen las autoridades del Ministerio del Poder Popular para el Trabajo.
Pues este grupo de sindicaleros, vulnerando la dignidad de las personas ha roto todo puente de entendimiento.
Y afirmo con fuerza que esas prácticas adecas tienen sus días contados en nuestra institucionalidad revolucionaria.
Hagan lo que hagan, no prevalecerán.