

(publicado hoy en TODOSADENTRO)
Escribo esta nota desde Margarita, ya en la noche, después de inaugurar el Tercer Festival de Cine Latinoamericano y Caribeño. Me siento personalmente feliz.
Pienso en lo que hemos logrado en estos años.
Agradezco de corazón a los compañeros que tienen actualmente responsabilidades en las instituciones de la Plataforma del Cine. Pero no me olvido de aquellos, como Lorena Almarza y Juan Carlos Lossada que, aunque en este momento están en otras actividades, hicieron un enorme esfuerzo por construir lo que ahora disfrutamos. Para ellos un abrazo grande y mi gratitud.
Sin duda es el mejor momento del cine en Venezuela.
Por todo. Por las películas que se hacen. Pero también por el clima que las rodea.
¡Quien me iba a decir a mí, trabajador en otras artes, que iba a formar parte de un equipo que busca impulsar intensamente en nuestro país la cultura cinematográfica y que ha conseguido tantas cosas!
Y es que, en verdad, la vida contemporánea no se concibe sin el cine.
Recuerdo ahora el momento en que descubrí que una película era algo más que un ligero entretenimiento de los domingos.
Comprendí de pronto que había mundos en el cine, visiones, ideas, historias que te tocaban el alma y cuyo acercamiento a ellas podía cambiarte la vida.
Fue a mis doce o trece años, durante una semana de cine foro sobre el neorrealismo italiano, que tuvo lugar en el Colegio donde yo estudiaba. Me encontré de repente con una nueva puerta para adentrarme en las emociones del arte.
¡Ah, que gran descubrimiento! Allí estaba Milagro en Milán de Cesare Zabattini y Vittorio de Sica. Ya nada volvió a ser como antes.
Luego llegaron otras películas. Son las películas de mi adolescencia. No puedo decir ahora si eran más o menos buenas, pero son las que me encandilaban y golpeaban de algún modo mi ánimo. No debo ahora desconocerlas. Doce hombres sin piedad. Orfeo negro. De aquí a la eternidad. La quimera del oro. ¡Y cuantas otras!
Bueno, siguen aquí conmigo. Su impacto todavía no se ha borrado. Son como los primeros amores.
Por eso es que quiero tanto el cine.