Con vista a la derecha
(Pubicado en Todosadentro el 29.7.10)
Que me disculpen aquellos que fundamentan la fuerza de la construcción revolucionaria del pueblo únicamente sobre la claridad ideológica.
No es que no esté de acuerdo con ello en cierta medida pero, a riesgo de quedar como un sentimental, quiero expresar que a mí me parece que esta Revolución que vivimos, me refiero a la revolución Bolivariana, se apoya esencialmente sobre los afectos.
Aquí hay una cuestión de amores y compromisos que es excepcional y que lo colorea todo.
En primer lugar el amor entre Chávez y su pueblo. De lado y lado. La entrega del Presidente es absoluta, sin ninguna fisura. El pueblo, por su parte, adora a Chávez con una fuerza que no admite barreras, tal como lo demostró el 13 de abril.
Luego está la naturaleza de la Revolución en sí misma, que responde a una identificación amorosa y vital con los desposeídos, con los explotados, con los pobres de la tierra. Por ellos, con ellos y para ellos, es todo este enorme y hermoso esfuerzo. Amor, que no es de circunstancia, sino de identificación, de comunión, de saberse conformando un único y variado cuerpo colectivo.
Estos afectos que crecen día a día, que se despliegan como el verdor de invierno, son los que explican los fenómenos de efervescencia masiva que han ocurrido en estos días en torno a las figuras, enormemente amadas, de Manuelita y del Libertador. ¿Era algo inimaginable? No. Yo digo que está en la lógica afectiva de esta revolución.
Es sobre este amor que se va desarrollando la conciencia y no al contrario.
Amor que todo lo inunda y a todo le da sentido.
Únicamente los escuálidos se sienten al margen. Para ellos no tiene vigencia el amor, sino el odio. En su particular visión neurótica, este es el tiempo de los desafectos.
Ignoran lo que se pierden.