(Continuación del diàlogo Rubén Wisotzki-Farruco Sesto)Rubén: ministro poeta (como siempre le gustó a más de uno llamarlo en ejercicio de lo primero y disfrute de lo segundo), con usted no se puede. A veces el remero eleva el remo para dejarse llevar por la inercia del esfuerzo acumulado, y el paisaje es una excusa para que la mirada se vaya un poco y se recupere el aliento. Pero usted no para, la pala se hunde, el río se revuelve y el horizonte parece ahí nomás. Digo esto por dos frases que parecen colgadas con simpleza de su discurso pero que llegan más lejos si uno las lee dos, y hasta tres veces:
1. "Si creo que la revolución es una construcción de la gente, pero no que los errores dependen de ella. Dependen de decisiones de funcionarios".
2. "El pueblo pone lo mejor: la fe, la disposición a los cambios, la fuerza política".
¿Cómo estar en desacuerdo con estas reflexiones? Releo, y yendo en el sentido de sus ideas, un texto de Bertrand Russell en torno a Marx y la doctrina socialista: "...la abolición de cualquier tipo de privilegio y diferencia creada artificialmente". Y la pregunta de uno que intuye que es de todos los que creen en el Proceso Bolivariano: ¿Cómo llegamos a ese horizonte?
Farruco: ¡llegar a ese horizonte, el de la abolición de privilegios y diferencias creadas! Esto es: hacernos plenamente humanos todos y cada uno. He ahí el gran objetivo de la revolución. He ahí la idea misma de la revolución como objetivo, aquello que a uno le interesa fundamentalmente de ella.
De lograrlo habríamos alcanzado el fin que se persigue en la lucha social que, tal como lo dice Alfredo Maneiro, no es sino
“un esfuerzo dirigido a la transformación de la sociedad, a la creación de un nuevo sistema de relaciones humanas”.Ese es el horizonte: un nuevo sistema de relaciones humanas que, así lo entendemos, se basen en la igualdad real de oportunidades y contemplen el desarrollo a plenitud de cada uno de miembros de la sociedad. ¡Es tan simple!
Yo quiero hacerte aquí una extensa cita de Bolívar, extraída de su discurso al Congreso Constituyente de Bolivia, en 25 de mayo de 1826.
Leámosla con cuidado. Se refiere al tema de la esclavitud, pero el telón de fondo es el de la igualdad. Es sorprendente por la claridad del principio defendido, pero también por la pasión y vehemencia con que lo hace. El Libertador dijo así:
He conservado intacta la ley de las leyes –la igualdad: sin ella perecen todas las garantías, todos los derechos. A ella debemos hacer los sacrificios. A sus pies he puesto, cubierta de humillación, a la infame esclavitud. Legisladores, la infracción de todas las leyes es la esclavitud. La ley que la conservara, sería la más sacrílega. ¿Qué derecho se alegaría para su conservación? Mírese este delito por todos aspectos, y no me persuado que haya un solo Boliviano tan depravado, que pretenda, legitimar la más insigne violación de la dignidad humana. ¡Un hombre poseído por otro! ¡Un hombre propiedad! ¡Una imagen de Dios puesta al yugo como el bruto! Dígasenos ¿dónde están los títulos de los usurpadores del hombre? La Guinea nos los ha mandado, pues el África devastada por el fratricidio, no ofrece más que crímenes. Trasplantadas aquí estas reliquias de aquellas tribus africanas, ¿qué ley o potestad será capaz de sancionar el dominio sobre estas víctimas? Trasmitir, prorrogar, eternizar este crimen mezclado de suplicios, es el ultraje más chocante. Fundar un principio de posesión sobre la más feroz delincuencia no podría concebirse sin el trastorno de los elementos del derecho, y sin la perversión más absoluta de las nociones del deber. Nadie puede romper el santo dogma de la igualdad. Y ¿habrá esclavitud donde reina la igualdad? Tales contradicciones formarían más bien el vituperio de nuestra razón que el de nuestra justicia: seríamos reputados por más dementes que usurpadores.Bolívar dice que la ley de leyes es la de la igualdad, que sin ella perecen todas las garantías, todos los derechos y que a ella debemos hacer los sacrificios. Le llama
santo dogma de la igualdad.
Vemos entonces, según declaraciones de su jefe principal, cual era el gran objetivo de nuestra revolución de independencia: la igualdad. Igualdad de naciones, igualdad de ciudadanos. Ese era el horizonte.
Ya sabemos que en la práctica el concepto de ciudadanía en esa época era muy restringido. Ciudadanos eran, en nuestras primeras constituciones, los blancos, varones, propietarios y que supieran leer y escribir. Los demás no eran exactamente ciudadanos. No eran, por así decirlo irónicamente, tan iguales.
Pero, sin embargo, nosotros podemos tomar de Bolívar esa noción de la igualdad como objetivo, actualizarla y universalizar sus criterios para traerla hasta nuestro tiempo. Ya estamos en el siglo XXI. Y digamos, por ejemplo, que el gran objetivo de nuestra revolución bolivariana actual en Venezuela es la igualdad, esto es, la conformación de una sociedad igualitaria. Nuestro
santo dogma, pero actualizado. Y no sólo en las leyes, sino en los hechos, en la propia vida.
Rubén, ese es, entonces, el horizonte que podemos fijar ¿no es cierto?
La gran pregunta es si tal cosa es posible. ¿Será una utopía acaso?
A veces nos castigamos a nosotros mismos diciendo que el socialismo es una utopía.
Yo lo que creo es que el capitalismo, sí, es una utopía. O más que una utopía, un fraude. Y que ha demostrado hasta la saciedad su fracaso. Que sea capaz, como decía alguien, de llenar fácilmente las vitrinas de las tiendas, no justifica las guerras con que asola a los pueblos, los muertos que produce, la explotación, la injusticia, el hambre, las culturas arrasadas, las lenguas desaparecidas, los inmensos daños que deja tras de sí. El capitalismo logra su autoproclamado éxito (que favorece relativamente a las capas medias y altas de los países ricos, pues sus valores humanos son bien cuestionables) a base de hacer del mundo un lugar muy ingrato para la mayoría de sus habitantes. Por esas vitrinas comerciales llenas de baratijas, la humanidad paga un costo inusitado. Para mí es evidente que la famosa gran riqueza de las naciones no se ha producido y menos la gran riqueza de las personas. Sólo se ha alcanzado en algunas naciones y en una cantidad de personas que, en relación al conjunto de la humanidad, son minoría.
Por eso es que hay que apuntar a otro tipo de sociedad más sabia, más equilibrada, menos arrasadora, con mayor ternura y amor, más solidaria y por lo tanto menos cruel, más incluyente o, por mejor decirlo, absolutamente incluyente, respetuosa y justa. Ponle tú un nombre. El que quieras. El nombre es lo de menos. Pero ya sabemos que ella no es el capitalismo, el cual constituye una maldición.
Y esa sociedad es nuestro horizonte a alcanzar.
Pero no lo veamos en términos bíblicos, en el sentido de que vamos a llegar allí un día especial, anunciado por los profetas, producto de una conjunción de factores, mesías incluído.
Veámoslo mejor como una construcción.
Una construcción colectiva.
En la medida en que lo vemos así, es que podemos decir que el horizonte se acerca y que, en algunos aspectos, lo tocamos con la mano, lo acariciamos.
Cuando me ha tocado ejercer un cargo público, como tú sabes, he tratado de hacerlo, dentro de lo posible, como si viviésemos en socialismo. Si no podía ser en todo, porque el futuro no se decreta y la realidad pesa, al menos intentamos hacer un ejercicio en el ámbito de la relaciones entre las personas. En esos momentos el socialismo se hacía más cercano.
Ahí tienes a los cubanos, por ejemplo. Se le podrán hacer todas las críticas que se quieran por una cantidad de errores. Ellos son los primeros auto críticos, porque están entrenados en eso. Pero ¿sabes una cosa? Creo que conforman la sociedad más igualitaria de la tierra. A mi me encanta Cuba. Disfruto mucho cada vez que voy allí. Porque me he dado cuenta de que, en medio de sus graves dificultades materiales, a veces notables, los cubanos son la gente más interiormente contenta y orgullosa de sí que he conocido. Mucho más, así lo he podido comprobar, que la gente de otras sociedades aparentemente más satisfechas en lo material. ¿Y sabes por qué? Por la conciencia.
Porque la conciencia, como lo hemos hablado ya, te hace libre.
Por eso es que yo veo, refiriéndonos a Venezuela, que el horizonte lo iremos acercando en la medida en que nos hagamos más conscientes, más cultos.
He ahí el papel extraordinariamente importante de la gestión cultural.
Desde luego que en la construcción del socialismo los cambios en la economía y la política son fundamentales. Pero la cultura es, digamos, la pieza esencial. El tema del hombre nuevo es un tema de la cultura, del espíritu.
Con los cambios culturales es que podemos llegar a ese horizonte. Sin ellos no.
¿Cuándo llegamos? Hoy mismo, mañana, pasado mañana, al otro y más allá, día tras día, en un proceso que no termina, haciendo constantemente revolución en la revolución.
Me da la sensación de que tú, Rubén, tal vez yo mismo y muchos otros venezolanos y venezolanas, cargamos una angustia, una impaciencia, viendo que esa construcción es difícil, que damos vueltas y nos perdemos, que se nos estropean los materiales, que con mucha frecuencia retrocedemos y desmontamos lo hecho,
¡Cuan largo me lo fiáis!, nos provocaría decir como al Don Juan de Zorrilla.
Pero al mismo tiempo pregunto: ¿Y entonces?
Por mi parte me respondo que lo importante es que, dentro de un proceso de reflexión constante, mantengamos lo que Chávez llama “la pulsión hacia el objetivo”.
Te propongo: hablemos sobre ello, sobre la cultura